21 de Febrero de 2001
Era una fría tarde de sábado. Como cada sábado, Luis, acudía a ver a sus amigos. Era invierno y la lluvia estaba presente en cada momento del día, aunque a Luis nunca le dío miedo conducir con la carretera mojada.
Estaban todos juntos y comentaron unos pocos que tenían ganas de comerse una pizza. Se pusieron de acuerdo, se repartieron en los dos coches que había y empezaron el recorrido hasta la pizerria. Eran apenas 6 kilómetros, pero la desgracia quiso que no recorrieran ni uno.
Luís alcanzó los 70km/h en una vía de 50km/h y cometió el mayor error de su vida. Se despistó por llamarle la atención a los ocupantes de los sillones de atrás. Gritaba enfadado, ¡pónganse los cinturones y estén quietos!. Para decir esa frase necesitó escasamente 2 segundos en los que quitó la vista del frente. Volvió sus ojos a la carretera. Ya era tarde. La curva estaba encima. Frenó todo lo que pudo y giró el volante a la izquierda con tanta fuerza que le dolían los brazos. El tiempo se detuvo justo antes del impacto. Luis miró a su derecha, donde María iba sentada, y de sus labios salió la frase "nos la damos". Luis sóltó la mano izquierda del volante y la puso a modo de cortina delante de su cara. No quería ver lo que pasaba, pero lo vió todo. Vió como saltaban los airbags. Como la valla quitamiedos entraba lentamente por el habitáculo del motor. Vió como saltó una llama hacia su cara, procedente del airbag, y que su brazo paraba. Vió el gesto de miedo de María y sobre todo vió la muerte detrás de esa valla. Tras ella un barranco de unos 12 metros de altura. El coche se detuvo apenas 4 metros por delante de donde empezó el impacto. Para Luis, en ese mometo la Tierra había dejado de dar vueltas. Se había parado el mundo. Luis miró nuevamente hacia los ocupantes de atrás y les preguntó como estaban, y por fortuna habían salidos ilesos. Miró hacia María y repitio la pregunta. También estaba bien. Luis salió por la ventana de su puerta. Caminó 5 o 6 metros alejándose del coche, murmurando sabe Dios qué. Se detuvo.
Luis retrocedió sus pasos y volvió hacia el coche. Analizó la situación y valoró que sólo habían pérdidas materiales. Sacó los papeles de su seguro. Cogió el móvil y llamó. Dos minutos después Luis se desplomó. Comenzó a llorar y comenzó a sentir dolor en su brazo. Miró y tenía una quemadura que después supo que era de tercer grado. También le dolia el pecho y al levantar su camisa encontró que tenía la marca del cinturón de seguridad. Los amigos de Luis lo llevaron al centro de salud donde le trataron la quemadura y le cometaron que el dolor sería muy fuerte.
A las pocas horas Luis llamó a su casa e informó a sus padres que acababa de nacer nuevamente. Llantos. Eso fue todo lo que Luis oyo desde el otro lado del teléfono.
Al llegar la noche Luis se derrumbó. La cantidad de cosas que le pasaban por su cabeza eran inclasificables. No había un minuto en que no se acordarse del accidente. Y si por casualidad se olvidaba su quemadura se lo recordaba.
Pasaron los meses y Luis seguía con la rehabilitación de su quemadura, la cual no estaba quedando muy bien. Se le estaba quedando en el brazo la firma del esqueleto con la guadaña, para que nunca se olvide de ella. Lo que peor pasó Luis fue la rehabilitación psicológica. Necesitó de más de un año para no despertarse cada noche con un sueño cíclico en el que siempre terminaba estrellándose contra la valla.
A día de hoy Luis cada vez que pasa por esa curva recuerda que el 21/02/2001 fue su segundo nacimiento, pero podía haber sido la fecha de su lápida.
Dedicado a mi familia
Publicado por Jacob




antares dijo
Chico... me has dejado el corazón en un puño. Pero menos mal que había final feliz.
Un abrazo
15 Febrero 2009 | 05:59 PM